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Mientras el mundo acelera hacia un escenario de fotovoltaica de alta eficiencia y baterías de sodio baratas, surge una interrogante económica y estratégica ineludible: ¿qué sentido tiene seguir destinando inversiones multimillonarias a la energía de fisión nuclear? La hoja de ruta tecnológica actual sugiere que estamos vertiendo capital público y privado en una solución que, por sus larguísimos periodos de construcción y puesta en marcha, promete resultados para una realidad que ya no existirá.
La construcción de nuevas centrales nucleares requiere décadas de planificación y una infraestructura financiera colosal que a menudo recae sobre el contribuyente. Sin embargo, la velocidad de crucero de la energía solar —que ya supera los 600 GW instalados anualmente— indica que para cuando la próxima generación de reactores esté operativa, la red eléctrica ya será mayoritariamente renovable. La fisión nuclear llegará tarde a la cita de la descarbonización, convirtiéndose en una tecnología redundante y extremadamente costosa en un mercado dominado por el coste marginal casi nulo de los electrones captados del sol.
Apostar por la nuclear en este contexto parece más un intento de mantener estructuras de poder centralizadas que una búsqueda de eficiencia energética. Mientras que el almacenamiento masivo permite una electrificación total y flexible, la nuclear representa una rigidez que ya no será necesaria en un mundo de Zero Emission. En definitiva, seguir financiando el átomo frente a la democratización solar es ignorar que la transición ya ha ocurrido en los laboratorios y en los balances de costes; el futuro es hoy, y no necesita esperar a los calendarios de la industria nuclear.