El futuro del coche eléctrico podría pasar por baterías más pequeñas y sistemas de recarga ultrarrápida, una combinación que permitiría reducir el precio de los vehículos, su peso y la cantidad de materias primas necesarias para fabricarlos.
La propuesta, recogida en un análisis de la Agencia Francesa para la Transición Ecológica (Ademe), plantea cambiar una tendencia que ha dominado el sector durante años: aumentar continuamente la capacidad de las baterías para ofrecer más autonomía.
Un paquete de 60 kWh pesa aproximadamente 340 kilos, frente a los 510 kilos de uno de 90 kWh. Reducir esa capacidad permitiría fabricar coches más ligeros y económicos, aunque también limitaría la distancia que podrían recorrer sin detenerse.
La alternativa consiste en compensar esa menor autonomía con recargas capaces de recuperar cientos de kilómetros en pocos minutos. Los avances tecnológicos ya permiten alcanzar potencias de carga muy elevadas, especialmente entre los fabricantes chinos, aunque todavía existen retos relacionados con la refrigeración, la degradación de las baterías y la seguridad.
Otro obstáculo es la infraestructura. Instalar cargadores ultrarrápidos requiere inversiones importantes y conexiones eléctricas capaces de soportar una elevada demanda.
Por ello, el éxito de esta propuesta dependerá de combinar vehículos asequibles, baterías duraderas y una red de recarga amplia y fiable.





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