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La Unión Europea ha puesto fecha de caducidad al plástico de usar y tirar que acompaña cada café para llevar o cada ración de kétchup en un restaurante de comida rápida. El nuevo Reglamento europeo de envases y residuos de envases obliga a bares, hoteles y cadenas de restauración a eliminar antes de 2030 los sobres individuales de salsas, azúcar o edulcorante, así como los diminutos botes de champú y gel que todavía decoran las habitaciones de miles de hoteles. La norma, que ya está en vigor, marca además el objetivo de que todo envase puesto en el mercado europeo sea reciclable en esa misma fecha.
El reglamento no se limita a las salsas de un solo uso. También impone límites al exceso de embalaje de cartón y plástico que envuelve productos que ya vienen protegidos de fábrica, y fija objetivos de reutilización para el sector del plástico de un solo uso en la venta de bebidas y comida para llevar. Las cadenas de comida rápida deberán ofrecer alternativas reutilizables o retornables, y los Estados miembros tendrán que garantizar que la recogida separada, el contenido que cada día termina, o debería terminar, en el contenedor amarillo, mejore de forma sustancial antes de que acabe la década.
El problema, como suele ocurrir con la legislación ambiental europea, está en los plazos. Cinco años es mucho tiempo para un planeta que ya arrastra toneladas de plástico en los océanos y microplásticos en la sangre humana, y las organizaciones ecologistas llevan meses avisando de que el texto final es más tímido que la propuesta original, después de que la presión de patronales del envase y la distribución lograra suavizar varios de sus artículos. La industria del envase, que se resistió durante toda la negociación, ha conseguido aplazar buena parte de sus obligaciones más incómodas.
Detrás de cada sobre de kétchup que sobra en la bolsa de comida a domicilio hay una cadena de producción, transporte y descarte que rara vez asume su coste real: ese coste lo paga el planeta, y también lo pagan los ayuntamientos que gestionan la basura y los barrios donde se acumulan los vertederos. Que Bruselas ponga freno a esta lógica del despilfarro es una buena noticia, aunque llegue tarde y con concesiones. Pero la transición ecológica no puede seguir dependiendo de la buena voluntad de la industria: si el plástico de usar y tirar ha sido rentable durante décadas, ha sido porque alguien más, el medio ambiente, las próximas generaciones, cargaba con la factura.