La inteligencia artificial parece intangible.
Pero detrás de cada modelo hay terrenos, electricidad, agua, fibra óptica y enormes centros de datos. La nube ocupa tierra.
Y Argentina está entrando rápidamente en esa carrera.
Peter Thiel, cofundador de Palantir y uno de los grandes inversores tecnológicos estadounidenses, compró este año aproximadamente el 1% de Vista Energy por unos 76 millones de dólares, una de las principales empresas que explotan Vaca Muerta. Meses antes se había reunido con Javier Milei para conversar sobre política económica.
Al mismo tiempo, la Patagonia está atrayendo proyectos de centros de datos por su clima frío, disponibilidad energética y grandes extensiones de terreno. OpenAI, Pampa Energía y otros inversores han explorado instalaciones que podrían consumir cientos —e incluso miles— de megavatios.
La infraestructura crece.
El Gobierno argentino defiende incentivos como el RIGI y el denominado Súper RIGI como herramientas para atraer inversión, crear empleo y desarrollar nuevas industrias. La normativa ya incluye sectores como inteligencia artificial y tecnologías avanzadas.
Pero organizaciones sociales están planteando otra lectura.
En agosto, cientos de personas protestaron frente a la residencia de Thiel en Buenos Aires bajo consignas sobre territorio, agua y grandes inversiones tecnológicas. Sus convocantes describen este modelo como una nueva forma de extractivismo: recursos locales utilizados para infraestructuras cuyo control económico permanece principalmente fuera del territorio.
El conflicto no es simplemente tecnología contra desarrollo.
Los centros de datos pueden traer inversión, empleo e infraestructura. También demandan cantidades importantes de electricidad, suelo y, dependiendo del sistema, agua.
En Estados Unidos, donde buena parte de esta industria nació, siete de cada diez personas dijeron en una encuesta de Gallup que se opondrían a un centro de datos de IA en su propia zona; agua, energía y facturas eléctricas estaban entre las principales preocupaciones.
La pregunta para Argentina es entonces más amplia:
si el territorio aporta energía, recursos y espacio, ¿qué parte del poder tecnológico, del empleo y de la riqueza generada permanece realmente allí?





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