Más de un siglo después de que la tuberculosis dejara de ser un misterio médico, sigue matando a más de un millón de personas al año en el mundo. La única vacuna disponible, la BCG, tiene más de cien años y una eficacia real de apenas el 37-50%, además de no proteger a personas adultas. Ahora, una vacuna desarrollada íntegramente en España, la MTBVAC, ha entrado en la fase final antes de su posible aprobación.
El proyecto nació en el laboratorio del investigador Carlos Martín, en la Universidad de Zaragoza, y su producción corre a cargo de Biofabri, una empresa gallega del Grupo Zendal. El ensayo clínico decisivo ya ha completado el reclutamiento de 7.120 recién nacidos en Sudáfrica, Senegal y Madagascar, mientras un segundo estudio evalúa su eficacia en adolescentes y personas adultas con 5.500 participantes en Sudáfrica, Kenia y Tanzania.
A diferencia de la BCG —que existe en varias cepas con eficacia distinta según el país de fabricación (japonesa, danesa, brasileña) y que no sirve para proteger a adultos—, la MTBVAC se administra en una sola dosis, se conserva en refrigeración estándar de entre 2 y 8 grados, y está pensada para funcionar en todos los grupos de edad. Es, según el equipo responsable, la única candidata en fase avanzada que aborda el problema de forma tan amplia.
Rolando Pajón, director médico y científico del proyecto y antiguo responsable en Moderna, lidera un equipo que espera tener los primeros datos de eficacia en 2028, con el objetivo de lograr la aprobación regulatoria en 2029. La previsión no se limita a los países ricos: ya existen alianzas con la india Bharat Biotech y negociaciones avanzadas con una empresa brasileña para fabricar y distribuir la vacuna en países de renta baja de África, el Sudeste Asiático y América Latina, las regiones donde la tuberculosis sigue golpeando con más fuerza.
Que una vacuna capaz de salvar cientos de miles de vidas al año dependa, aun así, de acuerdos comerciales para llegar a quienes más la necesitan dice mucho sobre cómo funciona la innovación médica global: la ciencia puede resolver el problema, pero repartir la solución sigue siendo una cuestión de justicia, no solo de laboratorio.





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