Lamine Yamal tiene 19 años y ya dice haber sufrido racismo “mil veces”.
El futbolista del Barcelona lo explicó en una entrevista con Jorge Valdano: muchas veces no aparece mediante un insulto evidente. Puede estar en comentarios, gestos o formas de tratar a una persona que quien las realiza ni siquiera identifica como racistas.
Lamine conoce también la versión más explícita. Él y otros jugadores han sido objeto de abusos racistas en el fútbol español, un problema que ha obligado a clubes, LaLiga e instituciones a aumentar protocolos y medidas preventivas.
Pero sus palabras colocan el foco en otra dimensión.
El racismo no empieza únicamente cuando alguien lanza un insulto desde una grada.
También puede aparecer cuando una persona es reducida constantemente a su origen, cuando se presupone algo sobre ella por su color de piel o cuando determinadas bromas se normalizan porque “siempre se dijeron”.
Eso ayuda a entender por qué combatirlo requiere algo más que expulsar a quien insulta en un estadio.
Hace falta revisar comportamientos cotidianos.
Y también escuchar.
Porque la persona que recibe un comentario puede estar viendo algo que quien lo pronuncia nunca tuvo necesidad de detectar.
El fútbol tiene una capacidad excepcional para reunir a millones de personas que jamás se conocerían entre sí.
Esa misma fuerza puede servir para algo más que celebrar goles.
Puede ayudar a construir estadios —y sociedades— donde nadie tenga que acostumbrarse al racismo como si fuera simplemente otra parte del juego.





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