No empieza un día concreto, ni aparece de repente frente al espejo. No hay una mañana en la que uno/a se despierte y descubra que, a partir de ese momento, pertenece a otra generación.
Quizá envejecer no sea lo que pensamos.
Envejecer es más parecido a caminar. Un camino que vamos recorriendo casi sin darnos cuenta, mientras acumulamos historias, aprendizajes, personas, pérdidas, descubrimientos y también nuevos comienzos. Cumplir años es sumar tiempo, pero envejecer es seguir viviendo.
A veces, nuestra sociedad parece mirar la edad como si fuera una puerta que, una vez atravesada, cerrara otras. Como si cumplir años significara dejar de aprender, de conocer gente, de tener ilusiones o de hacer planes. Pero quizá deberíamos cambiar la pregunta. No se trata tanto de cuántos años tenemos, sino de qué queremos seguir haciendo con ellos.
Una persona puede descubrir una nueva afición a los 60, hacer una amistad a los 70, aprender algo que nunca había imaginado o simplemente encontrar un espacio donde sentirse escuchada y acompañada. Porque siempre puede haber algo nuevo al otro lado de la puerta.
Y ahí está también el valor de encontrarnos.
Compartir tiempo, conversar, participar, aprender de otras generaciones o transmitir aquello que hemos aprendido a lo largo de la vida nos recuerda algo esencial: seguimos teniendo un lugar que ocupar y mucho que aportar.
Otra Generac(c)ión nace desde esa mirada. Desde la idea de que cumplir años no debería alejarnos de la vida social, sino abrir nuevas posibilidades para seguir conectados/as, participando y formando parte de nuestra comunidad.
Quizá envejecer sea, en el fondo, como un árbol que sigue creciendo. Cambia su forma, aparecen nuevas ramas, algunas hojas caen y otras vuelven a brotar. Pero continúa ahí, ofreciendo sombra, frutos y raíces.
Porque la vida no deja de tener capítulos cuando cumplimos años.
Simplemente cambia la forma de escribirlos.





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