Fuente EFE
El Ayuntamiento de Madrid destinó más de tres millones de euros (3.225.000 euros con IVA incluido) a gastos directos por la visita del papa León XIV a la ciudad entre el 6 y el 9 de junio, según ha revelado el propio Consistorio a través del portal de transparencia. Más de la mitad de esa cantidad, 1,55 millones de euros, se fue en la gratuidad de los autobuses urbanos durante casi una semana completa.
A esa partida se suman 262.000 euros en Bicimad gratuito, cerca de 500.000 euros en publicidad institucional de la Dirección General de Comunicación, y más de medio millón repartido entre los dispositivos especiales de Bomberos, Samur y Policía Municipal. El Consistorio, además, no incluye en esta cifra las 99.000 flores blancas y amarillas plantadas en rotondas y monumentos ni la Llave de Oro de la ciudad que Almeida entregó al pontífice, un gesto al que se sumó Isabel Díaz Ayuso con la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid.
El problema no es solo la cifra, sino lo que se prometió a cambio de ella. La Conferencia Episcopal aseguró que la visita dejaría 150 millones de euros solo en la capital; la Comunidad de Madrid rebajó después esa cifra a 120 millones para toda la región. Ninguna de las dos previsiones se ha visto reflejada en las calles: libreros y editores de la Feria del Libro vieron restringido su acceso al Retiro, y hosteleros de Malasaña, Arganzuela o el Barrio de las Letras hablan directamente de un bajón en sus ventas por los cortes de movilidad.
Mientras tanto, la propia patronal Hostelería Madrid reconoce que ni siquiera tenía una previsión de ingresos asociada al evento religioso, aunque sí calculó que los diez conciertos de Bad Bunny en la ciudad generarían entre 14 y 28 millones de euros. La comparación desnuda el verdadero balance: dinero público invertido con seguridad en un acontecimiento religioso con un retorno que nadie puede demostrar, mientras el resto de administraciones -Cataluña, Canarias- suman ya más de siete millones de euros en gastos directos sin contar los indirectos.
Cuando una administración financia con dinero de todos un acto de una confesión religiosa concreta y encima falla en las cuentas que prometía, la pregunta no es solo cuánto costó, sino a quién benefició. Los datos, de momento, apuntan a un balance que compensa mucho más a la imagen institucional de quienes lo organizaron que al bolsillo de quienes pagan sus impuestos o levantan la persiana cada mañana en Madrid.