Imagen generada con IA
Mientras los incendios obligaban a desalojar pueblos y urbanizaciones en Ávila y Madrid, la hostelería abrió otro frente de emergencia: cocinar. Restaurantes, chefs, voluntarios y empresas se organizaron para alimentar a personas evacuadas, bomberos, brigadistas y personal de emergencias.
El caso más visible fue el de Carlos Casillas, chef del restaurante Barro, en Ávila. Cerró la actividad habitual de su cocina y, junto a World Central Kitchen, reorganizó equipos para preparar miles de raciones. Según las cifras publicadas, ya habían superado las 18.000 comidas repartidas.
No fue el único. La Comanda de Vico, impulsada por Rocío Cortés, llegó a repartir unas 3.600 raciones diarias. Pepa Muñoz ayudó a coordinar redes de restaurantes, empresas y donaciones. Mercamadrid cedió instalaciones para cocinar y almacenar alimentos. Lo que normalmente sirve para celebrar, esta vez sirvió para sostener.
La imagen importa porque muestra algo que las emergencias revelan enseguida: cuando todo se rompe, comer caliente no es un detalle menor. Es cuidado, dignidad, energía para quien apaga el fuego y alivio para quien no sabe si su casa sigue en pie.
Pero la solidaridad no puede tapar la responsabilidad pública. Que cocineros y voluntarios se vuelquen habla muy bien de ellos. No debe servir para normalizar que la respuesta a cada desastre dependa de héroes improvisados, campañas en redes o redes de buena voluntad.
La comida caliente salva una noche. La prevención, los servicios públicos y la planificación salvan territorios.
Aun así, en medio del humo, hubo algo claro: donde el fuego expulsó, la cocina acogió.