Hay frases que no buscan debatir historia, sino romperla. “Franco no era un dictador; Pedro Sánchez sí” no es una opinión incómoda: es revisionismo antidemocrático. Es intentar convertir una dictadura real, nacida de un golpe de Estado y sostenida por represión, cárcel, exilio y censura, en una anécdota discutible.
Franco no llegó al poder por las urnas. Llegó tras una sublevación militar contra la legalidad republicana. Gobernó durante décadas sin elecciones libres, sin pluralismo político, sin libertad de prensa y con persecución de opositores. Eso no es “otra forma de gobierno”. Eso es dictadura.
La comparación con Pedro Sánchez no sostiene ni el primer segundo de análisis democrático. A Sánchez se le puede criticar, votar en contra, insultar en tertulias, caricaturizar en portadas, investigar parlamentariamente y echar mediante elecciones. Esa es precisamente la diferencia entre una democracia imperfecta y una dictadura.
El peligro de estas frases está en su normalización. Cuando alguien celebra el golpe de Estado o minimiza el franquismo, no está defendiendo libertad: está defendiendo que la fuerza valga más que el voto. Y cuando llama “dictador” a un presidente elegido, banaliza la palabra dictadura hasta vaciarla de significado.
La memoria democrática no sirve para ganar una discusión de pasado. Sirve para reconocer una línea roja: ningún proyecto político que nace contra las urnas y gobierna sin libertades puede ser blanqueado.
Franco fue un dictador. La democracia española tiene muchos problemas. Pero si no distinguimos una cosa de la otra, no estamos siendo críticos: estamos ayudando a los enemigos de la democracia.