Cada verano, niños y niñas saharauis viajan desde los campamentos de refugiados de Tinduf, en Argelia, para pasar julio y agosto con familias de acogida. El programa se llama Vacaciones en Paz y no es adopción: es acogida temporal, organizada por asociaciones solidarias y sostenida por familias concretas que abren su casa durante dos meses.
La razón no es solo que “vengan de vacaciones”. En los campamentos, el verano puede ser extremo: calor insoportable, condiciones duras y recursos limitados. La estancia les permite descansar de esas temperaturas, acceder a revisiones médicas, mejorar la alimentación y vivir semanas de juego, cuidado y convivencia.
En 2026, alrededor de 2.800 menores saharauis participan en el programa. Proceden de los campamentos situados en la provincia argelina de Tinduf y viajan durante el verano para convivir con familias en distintos territorios.
En Alcalá de Henares, por ejemplo, 24 niños y niñas saharauis de entre 8 y 12 años participan este verano en Vacaciones en Paz con familias de la ciudad. El programa se desarrolla allí desde 2003 gracias a la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui de Alcalá de Henares y al apoyo municipal.
Lo importante es no convertir esta historia en caridad decorativa. Las familias no “salvan” a nadie. Acompañan, cuidan y sostienen una experiencia temporal que tiene ida y vuelta: al terminar el verano, los niños regresan con sus familias a los campamentos. La solidaridad real no reemplaza a las familias saharauis; tiende un puente durante los meses más duros.
También conviene mirar quién hace posible todo esto: asociaciones locales, redes de apoyo, familias acogedoras, voluntariado y coordinación comunitaria. En varios lugares, las asociaciones ya alertan de la falta de relevo generacional entre familias de acogida, lo que muestra que el programa necesita compromiso sostenido, no solo emoción puntual.
Vacaciones en Paz demuestra que la solidaridad no siempre empieza en grandes discursos. A veces empieza con una habitación preparada, un plato más en la mesa, una revisión médica pendiente y una familia dispuesta a compartir verano. Dos meses no cambian el mundo entero, pero pueden cambiar el cuerpo, la memoria y la infancia de quien llega.