Donald Trump volvió a escena por una frase antigua pero reveladora. En 2013, durante una entrevista en The Wendy Williams Show, la presentadora preguntó a Ivanka Trump qué era lo que más tenía en común con su padre. Ivanka respondió “bienes raíces o golf”. Trump interrumpió con una frase incómoda: “Iba a decir sexo, pero no puedo relacionarlo con ella”. Parte del público se rió.
La escena no es un simple chiste de mal gusto. Es una ventana a una cultura que ha permitido a hombres poderosos hablar de mujeres, incluso de sus propias hijas, desde un lugar de posesión, sexualización y espectáculo. Cuando el público se ríe, la incomodidad se convierte en entretenimiento.
No fue un episodio aislado. The Independent recordó también que en 2006, en The View, Trump dijo que si Ivanka no fuera su hija “quizá estaría saliendo con ella”. Vogue y otros medios han recopilado durante años comentarios de Trump sobre el cuerpo y la apariencia de Ivanka, dentro de un patrón más amplio de declaraciones sexistas sobre mujeres.
La gravedad no está solo en Trump. Está también en las risas que lo rodean, en los platós que convierten la misoginia en ocurrencia y en una sociedad que perdona al hombre poderoso lo que a cualquier otro le parecería repulsivo. La televisión entendió pronto que el escándalo daba audiencia. Trump entendió que podía decir casi cualquier cosa y salir reforzado.
Desde una mirada feminista, la escena revela una pedagogía del poder: el hombre manda, invade, comenta, sexualiza; los demás ríen para no incomodarlo. Así se normaliza lo intolerable. No con un gran discurso, sino con una broma celebrada.
El problema no es solo una frase vieja. Es que millones vieron en ese hombre a un líder. Y cuando una sociedad confunde grosería con autenticidad, termina llamando carisma a lo que era simplemente abuso de impunidad.