Fuente EFE
En 2006, el Hospital La Paz de Madrid instaló el primer robot Da Vinci del sistema sanitario madrileño. Veinte años después, esta tecnología de cirugía mínimamente invasiva ha transformado el abordaje de tumores de próstata, riñón, útero y colon, entre otros, reduciendo drásticamente las complicaciones postoperatorias, los tiempos de recuperación y las secuelas para los pacientes.
El robot Da Vinci no opera solo. Amplifica la precisión del cirujano: sus brazos articulados permiten movimientos imposibles para la mano humana, con una visión 3D de alta definición y una escala de movimiento que elimina los temblores naturales. El resultado es menos sangrado, menos infección, menos dolor y alta hospitalaria más rápida.
En sus dos décadas en Madrid, el sistema ha permitido operar a miles de pacientes que de otro modo habrían necesitado cirugías abiertas con tiempos de recuperación mucho más largos. Los hospitales públicos madrileños —La Paz, el Gregorio Marañón, el 12 de Octubre— tienen unidades de cirugía robótica. Eso es una buena noticia.
Pero hay una sombra en el aniversario que conviene nombrar. El acceso a la cirugía robótica en la sanidad pública no es homogéneo en todo el territorio español. Las listas de espera varían enormemente entre comunidades autónomas. Y en la sanidad privada, estas intervenciones tienen un coste elevado que no todos los ciudadanos pueden asumir.
La tecnología médica avanza. La pregunta que debería acompañar siempre a ese avance es: ¿para quién? Una innovación que solo beneficia a quienes viven en las ciudades más grandes o pueden pagar no es un logro de la sanidad pública. Es un logro de la desigualdad.
Veinte años de Da Vinci en Madrid merecen celebración. Y también una exigencia: que los próximos veinte sean los años en que esta tecnología llegue a todos, no solo a algunos.