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El pasillo del supermercado parece inocente. Pero en su interior se libra una discusión científica cada vez más incómoda: ¿qué papel juegan los conservantes que alargan la vida de los alimentos en nuestra salud a largo plazo?
Un gran estudio francés publicado en The BMJ y coordinado por investigadores de la Universidad de la Sorbona de París, el INSERM y varias universidades británicas arroja luz incómoda sobre esta pregunta. Analizando a más de 105.000 adultos durante un promedio de 7,5 años —el mayor seguimiento realizado hasta ahora sobre este tema— los investigadores encontraron que una mayor ingesta de determinados conservantes se asocia con un aumento del riesgo de desarrollar cáncer, enfermedades cardiovasculares y diabetes tipo 2.
Los datos específicos son los más reveladores. El sorbato de potasio (E202), presente en quesos procesados, vinos y productos de panadería, se asoció con un 14% más de riesgo de cáncer general y un 26% de cáncer de mama. El nitrito de sodio (E250), ampliamente utilizado en embutidos y carnes procesadas, se vinculó con un 32% más de riesgo de cáncer de próstata. El metabisulfito de potasio (E224) y los sulfitos totales mostraron incrementos del 12% y 13% en el riesgo de cáncer general y de mama respectivamente.
Los autores son cuidadosos en su lenguaje: se trata de asociaciones estadísticas, no de causalidad probada. El estudio ajustó factores como edad, tabaquismo, actividad física y calidad general de la dieta. Pero la señal es lo suficientemente consistente como para que los propios investigadores exijan la reevaluación de las regulaciones que rigen el uso de estos aditivos por parte de la industria alimentaria.
La pregunta de fondo no es técnica: es política. Sabemos desde hace décadas que los alimentos ultraprocesados —en los que se concentran la mayoría de estos conservantes— se asocian con peores resultados de salud. Y sin embargo, siguen siendo los más baratos, los más accesibles y los más publicitados, especialmente en los barrios con menos recursos.
Una alimentación sana no debería ser un privilegio de quienes pueden pagar productos frescos. Mientras lo sea, los datos de este estudio no son solo un hallazgo científico. Son una radiografía de la desigualdad.