Fuente Canarias7
El miércoles 24 de junio, a las 6 de la tarde hora local, dos terremotos sacudieron Venezuela con apenas 40 segundos de diferencia entre sí: el primero de magnitud 7,2, el segundo de 7,5. En cuestión de minutos, edificios enteros colapsaron en Caracas y en el estado costero de La Guaira, la zona más castigada. El saldo provisional a 26 de junio es de 920 muertos y más de 3.360 heridos, según el propio Gobierno venezolano. Las autoridades admiten que el número podría ser mayor.
Es el terremoto más potente que sacude Venezuela en más de un siglo. Más de 100 edificios colapsaron solo en La Guaira, según confirmó el ministro de Interior, Diosdado Cabello. La presidenta encargada del país, Delcy Rodríguez, declaró esa zona «zona de desastre natural» y pidió unidad nacional. El aeropuerto internacional Simón Bolívar de Maiquetía, principal del país, tuvo que cerrar temporalmente por los daños estructurales.
La respuesta internacional fue rápida. Brasil anunció el envío de un hospital de campaña, 36 bomberos y técnicos en rescate. Países Bajos despachó un equipo de 60 especialistas de búsqueda y rescate urbano con perros adiestrados. Alemania transmitió su solidaridad a través del canciller Merz. Incluso Estados Unidos, que mantiene sanciones económicas sobre Venezuela, autorizó transacciones de socorro hasta octubre de 2026, una decisión excepcional que habla de la magnitud de la tragedia.
El contexto lo agrava todo. El sistema sanitario venezolano, deteriorado por años de crisis económica y falta de inversión, no estaba preparado para absorber miles de heridos en pocas horas. Los primeros testimonios desde Caracas describían hospitales con pacientes atendidos en los pasillos y en la calle. Un periodista radicado en la capital describió a CNN un «vacío de autoridad» en la respuesta gubernamental: el ejército tardó en desplegarse, la coordinación fue caótica. «El segundo día fue incluso más difícil que el primero porque nos dimos cuenta de la magnitud real de los daños», declaró.
En el estado de La Guaira, municipios como Caraballeda y Catia La Mar quedaron prácticamente destruidos. Familias enteras pasaron dos noches en la calle mientras los equipos de rescate trabajaban contrarreloj. Las réplicas —más de 30 en las primeras horas— mantienen en vilo a una población que no sabe si sus edificios aguantarán.
Lo que ocurre en Venezuela es una tragedia humana de primera magnitud. Y ocurre en un país que ya llevaba años en emergencia antes de que la tierra temblara. La solidaridad internacional no es suficiente si no va acompañada del fin de las sanciones que asfixian la capacidad del Estado para responder a sus propios ciudadanos.