Fuente EFE
Mientras las delegaciones de Estados Unidos e Irán negocian en Suiza un acuerdo para poner fin al conflicto en Oriente Medio, Israel ha lanzado sobre Beirut y sus alrededores lo que la Agencia de la ONU para los Refugiados ha calificado como «la mayor oleada de ataques israelíes hasta la fecha». Más de 60 zonas de la capital libanesa han sido bombardeadas, con un saldo de más de 250 muertos y 1.100 heridos en los últimos días.
Las familias libanesas desplazadas que intentan regresar a sus hogares en ciudades como Tiro encuentran edificios reducidos a escombros. La ONU ha advertido que los conflictos activos en la región, combinados con los recortes a la financiación humanitaria internacional, podrían disparar la inseguridad alimentaria aguda en los próximos meses en varios países de Oriente Medio y África.
El acuerdo marco entre Trump y el presidente iraní Pezeshkian, firmado la semana pasada con mediación de Qatar, incluye un cese de hostilidades en Líbano. Sin embargo, el ministro de Seguridad Nacional israelí ha rechazado públicamente esa condición, generando una fractura visible dentro del Gobierno de Netanyahu. Irán mantiene sobre la mesa la amenaza de cerrar el estrecho de Ormuz.
La situación es un espejo brutal de lo que ocurre cuando la diplomacia avanza más despacio que las bombas. Cada acuerdo anunciado, cada comunicado optimista, contrasta con las imágenes de hospitales desbordados y familias desplazadas por segunda o tercera vez. La paz no se negocia solo en Suiza. Se construye también —o se destruye— en cada decisión de seguir bombardeando.