DARIO PIGNATELLI AFP
Europa está ante una decisión incómoda: seguir caminando bajo la sombra de Washington o construir una autonomía estratégica real. No se trata de cambiar una obediencia por otra. Tampoco de idealizar a China, un Estado con graves cuestionamientos en derechos humanos y libertades. Se trata de algo más básico: Europa no puede permitirse vivir atrapada entre dos gigantes sin voz propia.
El regreso de una política estadounidense más proteccionista lo deja claro. La UE aceptó en 2025 un acuerdo comercial con Estados Unidos que mantuvo aranceles duros sobre sectores como acero, aluminio y cobre, mientras varias exportaciones europeas quedaban bajo presión. Para una economía industrial como la europea, depender de un aliado que usa los aranceles como herramienta política no es seguridad: es vulnerabilidad.
China, al mismo tiempo, es demasiado importante para ignorarla. Según el Consejo de la UE, China es el tercer socio comercial europeo si se combinan bienes y servicios, y la Unión Europea es el principal socio comercial de China. En 2024, la UE importó bienes chinos por 519.000 millones de euros y exportó bienes a China por 213.200 millones.
Ese vínculo no está libre de problemas. El déficit comercial europeo con China alcanzó los 360.600 millones de euros en 2025, y Bruselas debate cómo reducir dependencias críticas sin romper la relación económica. La palabra clave no debería ser sumisión, sino equilibrio: cooperar cuando conviene, defender sectores estratégicos cuando hace falta y diversificar proveedores sin caer en guerras comerciales dictadas desde fuera.
La seguridad del siglo XXI no es solo militar. También es energética, industrial, tecnológica y social. Una Europa que pierde fábricas, empleos verdes y capacidad productiva se vuelve más débil, aunque compre más armas.
Mirar a Oriente no significa aplaudir todo lo que hace Pekín. Significa entender que el mundo cambió. Y que Europa debe negociar con todos desde sus propios intereses, con derechos humanos, empleo y bienestar como brújula.