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El Parlamento Europeo aprobó este miércoles el nuevo Reglamento de Retorno, una norma que endurece la política migratoria de la Unión Europea, agiliza expulsiones y permite crear centros de deportación fuera del territorio comunitario. La votación salió adelante con 418 votos a favor, 218 en contra y 30 abstenciones, según Euronews. Tras conocerse el resultado, parte de la bancada de la derecha y la ultraderecha celebró la aprobación gritando “send them back”: “mandadlos de vuelta”.
La frase no es un detalle menor. Resume un clima político en el que personas migrantes dejan de ser vistas como trabajadores, familias, jóvenes, madres, padres o solicitantes de protección, y pasan a ser tratadas como un problema que hay que sacar del mapa.
El nuevo reglamento permite a los Estados miembros usar centros de retorno en terceros países, fuera de la UE, para personas a las que se haya denegado el asilo o que tengan orden de expulsión. También amplía los periodos de detención y refuerza herramientas para localizar y expulsar a personas migrantes en situación irregular. Reuters recoge que la medida busca aumentar las deportaciones y permitir centros de detención en el extranjero, mientras sus críticos advierten de un debilitamiento de las garantías de asilo.
La alianza política que lo hizo posible también importa. Cadena SER informó de que el reglamento salió adelante con el apoyo del Partido Popular Europeo y tres grupos de extrema derecha: Patriotas por Europa, Conservadores y Reformistas Europeos y Europa de las Naciones Soberanas. La izquierda, los Verdes y buena parte de socialistas y liberales votaron en contra.
Amnistía Internacional ya había advertido en marzo de que estos planes suponen una ampliación de las políticas de detención y deportación punitivas, con riesgo de enviar personas a centros en países donde nunca han estado y sin garantías suficientes de derechos humanos.
Porque detrás de cada expediente hay una vida. Hay guerras, pobreza, persecución, empleos explotados, familias separadas y rutas que nadie emprende por capricho. Cuando la ultraderecha celebra expulsiones como una victoria cultural, la política deja de buscar soluciones y empieza a fabricar enemigos.