Fuente Burgos Noticias
La política de la ultraderecha funciona muchas veces como un juego de espejos: se presenta como voz del pueblo, pero sus propuestas suelen proteger a quienes ya tienen más poder. El caso de Vox resume bien esa contradicción entre estética popular, discurso patriótico y agenda económica favorable a las élites.
Santiago Abascal ha construido una imagen de dirigente rebelde, enfrentado al “sistema”. Pero esa imagen choca con datos conocidos sobre su trayectoria patrimonial. InfoLibre publicó que el líder de Vox adquirió un chalé en una zona de alto nivel al norte de Madrid, con una hipoteca de 736.000 euros a 30 años, y que la vivienda podía superar el millón de euros.
El problema no es que un dirigente tenga una casa cara. El problema aparece cuando quien vive lejos de las condiciones materiales de la mayoría dice representar a “los de abajo” mientras defiende políticas que reducen la capacidad redistributiva del Estado. En su programa, Vox propuso suprimir impuestos como Patrimonio, Sucesiones y Donaciones, y liberalizar suelo, medidas que encajan mucho mejor con los intereses de grandes patrimonios que con las urgencias de una familia trabajadora.
Conviene también hablar con precisión: Vox no pudo votar contra la subida del salario mínimo porque el SMI no se somete a votación en el Congreso, como verificó Newtral. Pero sí ha tratado la subida de 2026 como una “campaña de marketing” y ha centrado su respuesta en rebajas fiscales.
Ahí está la clave: la ultraderecha señala al migrante, al feminismo, a las ONG o al diferente, pero rara vez señala hacia arriba. Su patriotismo convierte el malestar social en guerra entre pobres, mientras deja intactos privilegios económicos.
El verdadero patriotismo no consiste en pintar siglas, agitar banderas o gritar contra los vulnerables. Consiste en defender salarios dignos, vivienda, sanidad, educación y derechos para la mayoría.
Lo demás es fachada.