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Bajo la superficie del mar también existen bosques. No tienen troncos ni ramas, pero cumplen una función parecida: dan refugio, alimento y equilibrio a miles de especies. En el Mediterráneo, esos bosques submarinos están formados por algas y plantas marinas que sostienen buena parte de la vida costera.
El problema aparece cuando ese equilibrio se rompe. En algunas zonas, la proliferación de erizos de mar puede arrasar las algas y transformar fondos vivos en desiertos submarinos. No se trata de culpar al erizo: en un ecosistema sano cumple su función. El peligro llega cuando la presión humana, la pérdida de depredadores, el calentamiento del agua o la degradación del hábitat permiten que una especie se multiplique sin control.
Greenpeace, entre otras ONG, lleva años defendiendo la protección de océanos, mares saludables y ecosistemas marinos capaces de recuperarse. Su enfoque encaja con esta alerta: proteger el mar no es solo evitar plásticos o vertidos, también es cuidar los equilibrios invisibles que mantienen viva la biodiversidad.
El caso de Mallorca ayuda a entenderlo. Un proyecto científico impulsado por MedGardens, Fundación Cleanwave e IMEDEA-CSIC retiró 5.826 erizos de mar entre 2023 y 2025 para reducir la presión sobre bosques submarinos de algas pardas del grupo Cystoseira, especies protegidas y fundamentales para la biodiversidad litoral.
Los bosques submarinos no suelen aparecer en los grandes debates públicos porque no se ven desde la playa. Pero sin ellos, el mar pierde refugios, alimento, reproducción y vida.
Los vídeos que circulan de buzos retirando erizos sirven como imagen de algo más profundo: salvar el océano también requiere ciencia, trabajo manual y compromiso colectivo.