Proyecto Convive
Los rumores también construyen prejuicios. Cuestionarlos puede ser el primer paso para convivir de otra manera
Un artículo de Katherin Toledo Abreu
“Yo no tengo nada en contra, pero…”.
Es una frase que probablemente hemos escuchado más de una vez. Suele aparecer en una
conversación entre amigos y amigas, en el trabajo, en una comida familiar o incluso mientras
revisamos las redes sociales. Después suelen llegar otras expresiones conocidas: “dicen que…”, “he escuchado que…” o “todo el mundo sabe que…”.
El problema comienza cuando aquello que escuchamos se repite tantas veces que deja de parecernos un rumor y empieza a convertirse, casi sin darnos cuenta, en una verdad.
En un momento en el que recibimos información constantemente, detenernos a comprobar lo que escuchamos se ha convertido en un ejercicio necesario. Los rumores sobre migración, cultura o determinados colectivos pueden parecer comentarios sin importancia, pero cuando se acumulan contribuyen a crear etiquetas y a alimentar prejuicios que condicionan nuestra manera de mirar a otras personas.
Y quizá ahí esté una de las cuestiones más importantes: ¿cuántas de nuestras opiniones nacen de experiencias propias y cuántas proceden simplemente de lo que otros nos han contado?
Cuando dejamos de hablar de “ellos”
Es fácil hablar de “los/as inmigrantes”, “los/as extranjeros/as” o “los/as de fuera” como si detrás de esas palabras existiera un único grupo de personas con las mismas características.
La realidad cotidiana es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más humana.
Detrás de una nacionalidad hay una persona que trabaja, estudia, cuida a su familia, espera la misma guagua, hace la compra en el mismo supermercado o se preocupa por llegar a fin de mes. Hay historias de vida, proyectos, dificultades, miedos y sueños que difícilmente pueden resumirse en una etiqueta. Muchas veces basta una conversación para descubrir que tenemos más cosas en común de las que imaginábamos.
Eso no significa que todas las personas tengamos que pensar igual ni que debamos estar de acuerdo en todo. Convivir no consiste en eliminar las diferencias, sino en evitar que esas diferencias se conviertan automáticamente en distancia, rechazo o desconfianza.
¿Y si no fuera como te lo contaron?
Quizá no podamos elegir todo lo que escuchamos.
Pero sí podemos elegir qué creemos, qué repetimos y, sobre todo, cómo decidimos convivir.