Sí: es cierto. La Casa de la Moneda de Estados Unidos producirá una moneda con el rostro de Donald Trump para conmemorar los 250 años de la independencia estadounidense. Será una moneda de 1 dólar, impulsada como pieza conmemorativa del aniversario nacional.
La imagen es demasiado perfecta para esta época: un presidente en ejercicio usando una celebración colectiva para poner su cara en el metal. Una nación recuerda su independencia y el símbolo elegido termina pareciéndose menos a una fiesta democrática que a una pieza de culto personal.
La administración defiende que se trata de una moneda conmemorativa. Pero incluso así, el gesto resulta políticamente incómodo. Estados Unidos tiene una tradición muy fuerte de separar los símbolos nacionales del culto al líder vivo. De hecho, la legislación federal contiene límites para evitar que personas vivas aparezcan en monedas y billetes, aunque esta iniciativa se mueve en el terreno de las conmemoraciones especiales.
El problema no es solo jurídico. Es simbólico. Trump ya convirtió el Mundial en escenario propio, la Casa Blanca en decorado de propaganda y la política exterior en una marca personal. Ahora, también la independencia estadounidense corre el riesgo de terminar empaquetada con su rostro.
Una democracia madura no necesita monedas con la cara del líder del momento. Necesita instituciones que sobrevivan a los líderes. Necesita memoria común, no souvenirs de obediencia.
Cuando los poderosos se ponen en monedas, rara vez hablan de humildad republicana. Hablan de permanencia, vanidad y deseo de ocuparlo todo.