Circula una idea muy atractiva: que las ocho horas de sueño seguidas fueron un bulo inventado por una empresa de colchones. Es una frase viral, pero no es del todo cierta. No hay buena evidencia de que una marca inventara la recomendación. Lo que sí es cierto es más interesante: la industria del descanso, el trabajo industrial, la luz artificial y la vida moderna ayudaron a convertir una forma concreta de dormir —larga, continua, privada y comprable— en ideal universal.
El historiador Roger Ekirch estudió cientos de referencias en diarios, literatura y documentos antiguos y defendió que, antes de la industrialización, muchas personas dormían en dos tramos: un “primer sueño” y un “segundo sueño”, separados por una vigilia nocturna de una hora o más. En ese intervalo se rezaba, se conversaba, se leía, se estudiaba, se hacían tareas domésticas o simplemente se pensaba.
La investigación reciente ha matizado el alcance de esa hipótesis: no todo el mundo dormía así, ni en todas partes, ni siempre. Un artículo de 2023 revisó la evidencia y pidió cautela frente a versiones demasiado absolutas del sueño segmentado. Pero la lección sigue siendo poderosa: nuestra idea de “dormir bien” no es pura biología; también es historia, horarios laborales, urbanismo, publicidad y disciplina social.
También conviene desmontar otro adorno viral: no hay una base sólida para afirmar que grandes obras de Beethoven o Mozart nacieran específicamente en esa ventana entre dos sueños. Lo que sí sabemos es que la noche fue, durante siglos, un espacio de lectura, escritura, deseo, oración y pensamiento. No era solo tiempo muerto. Era vida.
El mercado nos vendió que dormir bien era comprar la cama perfecta, la rutina perfecta, la app perfecta. Pero quizá el problema no es que despertemos a mitad de la noche. Quizá el problema es vivir en una sociedad que transforma el código genético de modo que se amolde al sistema de producción.
A veces no duerme mal una persona. Duerme mal una época entera.