Fuente EFE
Las imágenes de miles de jóvenes marroquíes corriendo hacia el mar para entrar en Ceuta la semana pasada no son un episodio aislado, sino el síntoma de una crisis social que lleva años gestándose al otro lado de la frontera. La juventud del Partido del Progreso y el Socialismo (PPS) marroquí no dudó en calificar lo ocurrido como consecuencia del fracaso de las políticas económicas del actual Gobierno de Marruecos.
El diagnóstico es tan simple como demoledor: la insistencia del Ejecutivo marroquí en priorizar los equilibrios fiscales sobre los sociales ha profundizado el desempleo, reducido las oportunidades de integración y afianzado las desigualdades de clase. El propio rey Mohamed VI reconoció, en su discurso de la Fiesta del Trono de 2025, la existencia de un «Marruecos a dos velocidades», una admisión que contrasta con la falta de medidas efectivas para revertirlo.
Lejos de las grandes ciudades turísticas, la cordillera del Atlas y el sur profundo del país enfrentan carencias sistemáticas en sanidad y educación, con especial impacto en las niñas, cuya escolarización cae drásticamente en la pubertad. El desempleo juvenil roza el 36% y el femenino el 18%, cifras que se han disparado tras la pandemia, la sequía y la crisis económica global. No es casual que la tragedia de Ceuta coincidiera con el aniversario de la subida al trono del rey, ni que ocurriera semanas antes de unas elecciones generales marcadas por el descontento social.
Mientras Marruecos se proyecta al exterior como un socio estratégico de Estados Unidos y Europa, con alta velocidad ferroviaria y acuerdos comerciales, su juventud rural sigue sin acceso a lo básico. Reducir lo ocurrido en Ceuta a un problema de control fronterizo es ignorar la raíz del fenómeno: cuando un país no ofrece futuro a sus jóvenes, la frontera se convierte en la única salida disponible.