Durante años, Aubry Allbridge acudió a clases de fitness como una alumna más. Le gustaban el pilates, la zumba y otras disciplinas, pero había una que destacaba sobre las demás: UpBeat Barre, una combinación de fuerza, pilates, cardio y yoga.
Hoy, con 22 años, ya no está solamente entre quienes siguen la clase.
Es ella quien la dirige.
Allbridge, que tiene síndrome de Down, obtuvo recientemente la certificación oficial como instructora de UpBeat Barre en Utah, Estados Unidos. En su primera sesión como profesora participaron unas 60 personas.
Su entrenadora, Jane Johnson, llevaba tiempo observando una habilidad especialmente útil para enseñar: Aubry aprendía las coreografías con mucha rapidez y conseguía recordarlas incluso cuando cambiaban las canciones y las secuencias. Johnson la animó entonces a realizar la formación necesaria para convertirse en instructora.
La certificación no consistía simplemente en memorizar ejercicios. También debía aprender a anticipar movimientos, orientar a los participantes y ofrecer alternativas para distintos niveles sin hacer sentir excluida a ninguna persona. Según Allbridge, precisamente esa parte es una de las que más disfruta: quiere que todo el mundo pueda sentirse incluido en sus clases.
Su historia tiene valor más allá del fitness.
Durante demasiado tiempo, la inclusión de las personas con discapacidad se ha entendido únicamente como permitirles participar. Pero participar no es lo mismo que tener oportunidades para trabajar, enseñar, tomar decisiones y ocupar posiciones de liderazgo.
Aubry no necesita que su trabajo sea presentado como una hazaña imposible.
Necesita lo mismo que cualquier otra profesional: que se reconozcan sus capacidades y existan oportunidades reales para desarrollarlas.
Y eso quizá sea una definición mucho más ambiciosa de inclusión: no solamente abrir la puerta para que alguien entre, sino permitir también que algún día sea esa persona quien dirija la clase.





Deja un comentario