Imagen generada con IA.
Safra Catz fue durante once años directora ejecutiva de Oracle y hoy ocupa un puesto de máxima responsabilidad en su consejo.
En una intervención difundida públicamente, Catz relató que Oracle había realizado trabajos que no podía detallar para apoyar al ejército israelí y utilizó una expresión extraordinariamente reveladora: la compañía posee tecnología “realmente, profundamente aterradora” y quiso asegurarse de que estuviera disponible para el esfuerzo militar. La grabación también recoge su orgullo al encontrarse empleados de Oracle uniformados trabajando en la Kirya, sede del Ministerio de Defensa israelí.
La frase merece atención, pero también precisión.
No sabemos públicamente qué tecnología concreta describía.
Oracle sí reconoce públicamente un compromiso extraordinariamente estrecho con Israel. La propia compañía informó de visitas de Catz durante la guerra y destacó su respaldo a clientes, socios y trabajadores israelíes.
Y aquí aparece el verdadero debate tecnológico.
Durante años nos explicaron la nube, la inteligencia artificial y el análisis masivo de datos como herramientas esencialmente empresariales.
Pero la misma infraestructura puede procesar información para hospitales, bancos o universidades.
Y también para ejércitos.
La tecnología nunca decide por sí misma para qué será utilizada. Las decisiones las toman empresas, gobiernos y ejecutivos.
Por eso resulta inquietante escuchar a una de las principales ejecutivas de una tecnológica mundial describir sus propias capacidades como “profundamente aterradoras” mientras explica su disponibilidad para un esfuerzo militar.
El problema no es únicamente Oracle.
Es la opacidad existente alrededor de todo el complejo tecnológico-militar.
Cuando las herramientas son suficientemente poderosas para influir en una guerra, la sociedad merece saber qué hacen, quién las controla y qué límites existen.