Decirle a alguien que “si se esfuerza puede conseguirlo” puede ser alentador.
El problema aparece cuando transformamos esa frase en otra muy distinta: “si no lo conseguiste es porque no te esforzaste suficiente”.
Imaginemos a dos niños.
Uno tiene casa, alimentación suficiente, familia que puede ayudarlo, conexión a internet, un lugar donde estudiar y adultos que pueden sostenerlo si algo sale mal.
El otro no sabe dónde dormirá mañana.
¿Tiene sentido decir que ambos compiten únicamente con su esfuerzo?
En España, el 34,8% de niños, niñas y adolescentes se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social, según UNICEF. La organización advierte de que estas condiciones afectan a las oportunidades educativas, laborales y vitales desde la infancia.
La OCDE llega a una conclusión parecida a escala internacional: las posibilidades de una persona siguen estando fuertemente condicionadas por los ingresos, la educación y la posición social de su familia. En un país típico de la organización pueden necesitarse cuatro o cinco generaciones para que los descendientes de una familia situada en el 10% más pobre alcancen el ingreso medio.
Eso no significa que el esfuerzo no importe.
Significa que el esfuerzo nunca ocurre en el vacío.
Hay quien puede dedicar diez horas a estudiar y quien debe dedicar esas mismas horas a trabajar. Hay quien fracasa sabiendo que podrá intentarlo otra vez y quien no dispone de una red que amortigüe una sola caída.
La meritocracia resulta útil cuando recompensa el trabajo.
Se convierte en injusta cuando utiliza el éxito para justificar todos los privilegios y el fracaso para culpabilizar a quienes tuvieron menos oportunidades.
No necesitamos decirle a un niño pobre que todo depende de él.
Necesitamos construir una sociedad en la que su futuro dependa un poco menos del lugar donde tuvo la suerte —o la desgracia— de nacer.





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