Diario de Extremadura
El aumento de los incendios forestales en España ya no puede entenderse sin la crisis climática como telón de fondo. Las altas temperaturas, cada vez más frecuentes e intensas, están transformando los veranos en auténticas pruebas de resistencia para los ecosistemas. Expertos advierten que ya no hablamos solo de olas de calor, sino de fenómenos más prolongados y extremos que elevan el riesgo de fuego durante semanas.
Los datos recientes son contundentes: récords de temperaturas extremas, decenas de días adicionales de calor y miles de hectáreas arrasadas. Este contexto ha favorecido la aparición de los llamados grandes incendios, aquellos que superan las 500 hectáreas y resultan mucho más difíciles de controlar. Incluso emergen los denominados incendios de sexta generación, capaces de generar sus propias condiciones meteorológicas, lo que multiplica su peligrosidad.
Sin embargo, reducir el problema únicamente al clima sería simplificarlo. La falta de gestión forestal y el abandono del mundo rural han generado una acumulación de biomasa altamente inflamable. La desaparición de prácticas tradicionales, como la ganadería extensiva, ha dejado los montes sin mantenimiento, facilitando la propagación del fuego. A esto se suma un modelo basado en especies de rápido crecimiento que, en muchos casos, favorecen la continuidad del combustible vegetal.
Aunque existe una percepción extendida sobre la intencionalidad, lo cierto es que la mayoría de los incendios no responden a pirómanos, sino a negligencias, actividades agrícolas o causas naturales como los rayos. El foco, por tanto, debe ponerse en la prevención y no solo en la extinción.
Cada vez más especialistas apuestan por transformar el paisaje hacia modelos de mosaico, donde convivan zonas forestales con áreas agrícolas que actúen como barreras naturales. También reclaman más inversión en prevención, ya que actualmente se destina mucho más presupuesto a apagar fuegos que a evitarlos.
El escenario es claro: sin cambios estructurales, los incendios serán más frecuentes, intensos y devastadores. La pregunta ya no es si volverán a producirse, sino cuándo y con qué impacto.