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En Estados Unidos, el derecho al voto de las mujeres vuelve a aparecer en el centro de una batalla cultural que parecía superada. No porque exista hoy una ley nacional aprobada para quitarles el sufragio, sino porque sectores ultraconservadores y cristianistas han empezado a decirlo en voz alta.
La 19ª Enmienda establece que el derecho al voto no puede negarse por razón de sexo. Fue certificada en 1920, después de décadas de lucha sufragista.
El problema es que una parte de la derecha religiosa extrema quiere revisar incluso eso. AP informó que Pete Hegseth, secretario de Defensa de Trump, compartió un video sobre una iglesia nacionalista cristiana en el que varios pastores defendían que las mujeres no deberían votar. Después, el Pentágono afirmó que Hegseth sí apoya el sufragio femenino, pero no explicó por qué difundió ese contenido.
No es solo una provocación marginal de internet. Medios como The 19th han documentado cómo estas ideas circulan en espacios ultraconservadores que proponen volver al “voto familiar”, donde el hombre sería la cabeza política del hogar.
Además, hay otra vía menos explícita pero igual de peligrosa: endurecer los requisitos para registrarse y votar. El Brennan Center advierte de que iniciativas tipo SAVE Act, basadas en exigir prueba documental de ciudadanía, pueden dificultar el voto a millones de personas. Muchas mujeres casadas que cambiaron su apellido podrían enfrentar problemas si sus documentos no coinciden fácilmente.
La democracia no siempre retrocede con una prohibición directa. A veces retrocede con burocracia, miedo, sospecha y discursos que vuelven a presentar a las mujeres como ciudadanía de segunda.
Quitar el voto femenino parece impensable. Pero también parecía impensable que figuras con poder amplificaran a quienes lo proponen.
La alerta es clara: ningún derecho se conserva solo porque ya fue conquistado.