Proyecto Convive · Red Araña
Hay imágenes que no se cuelgan en un museo ni se enmarcan. Se dibujan en el suelo, con tiza, en una acera por la que pasa gente con prisa. Una de ellas, obra de @miss_me_bianca, es el origen de este artículo: una niña de mirada enorme, dibujada en blanco y negro sobre el pavimento, con una calle derruida detrás. A su lado, una inscripción pide abrir los ojos ante lo que la autoría de la obra denuncia como el genocidio del pueblo palestino. Es un dibujo efímero, hecho para que la lluvia lo borre, y precisamente por eso nos obliga a detenernos: sabemos que no estará mucho tiempo.
Desde el Proyecto Convive partimos de esta imagen para reflexionar sobre algo que vemos cada día en nuestro trabajo: el arte es una de las formas más antiguas y más eficaces de denunciar lo que duele.
El arte siempre ha sido testigo
La historia del arte está llena de obras que nacieron como protesta. Goya grabó los horrores de la guerra en Los desastres de la guerra sin ahorrarle nada al espectador. Picasso respondió al bombardeo de Gernika en 1937 con un lienzo que se convirtió en símbolo universal contra la violencia sobre la población civil. Y hoy esa tradición sigue viva en los murales, el grafiti, el cómic, la música, el teatro o el dibujo en la calle.
Lo que tienen en común es que no hablan desde la estadística, sino desde la mirada. Un dato se olvida con facilidad. Un rostro, no.
La mirada de una niña
En el dibujo de @miss_me_bianca que nos ocupa, lo primero que se ve no es la destrucción, sino los ojos de la niña. Está en primer plano, abrazada a algo que apenas distinguimos, y nos mira de frente. El entorno ruinoso queda detrás, casi como un decorado. Esa decisión artística es un mensaje en sí misma: antes que un conflicto hay personas, y esas personas tienen rostro, miedo, edad y nombre.
Es la misma idea que sostiene cualquier trabajo contra el racismo y la xenofobia. Los prejuicios necesitan deshumanizar: convertir a las personas en una etiqueta, una cifra, un «ellos». El arte hace el movimiento contrario, devuelve la cara a quien había quedado reducido a un titular.
Un suelo que se pisa y que se mira
Hay algo especialmente poderoso en el arte callejero y en el de tiza. No pide permiso ni entrada, no tiene horario y llega a quien no ha ido a buscarlo. Se encuentra por casualidad, de camino a otra parte, y por un momento interrumpe la rutina. Además, es frágil: cada paso, cada día de lluvia lo desgasta. Esa fragilidad recuerda que la sensibilidad colectiva también se puede borrar si no la cuidamos.
Convertir el espacio público en lugar de conversación es, en el fondo, un acto de convivencia. El arte nos permite hablar de temas difíciles sin que la conversación se convierta en un enfrentamiento. Permite preguntar «¿qué ves?» antes de preguntar «¿qué opinas?».
Programa de interés social financiado con cargo a la asignación tributaria del IRPF. Con el apoyo del Gobierno de Canarias y Red Araña.





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