Cuando el Tribunal Supremo estadounidense eliminó en 2022 la protección constitucional federal del aborto, Bette Midler respondió con una propuesta deliberadamente absurda:
“Es hora de prohibir Viagra”.
Después añadió que, si el embarazo debía aceptarse como voluntad divina, también podría aplicarse el mismo razonamiento a la disfunción eréctil.
Midler no estaba proponiendo realmente retirar un medicamento.
Estaba señalando una desigualdad corporal evidente.
El fallo Dobbs anuló Roe v. Wade, precedente que durante casi medio siglo había reconocido constitucionalmente el acceso al aborto. Desde entonces, cada estado pudo aprobar sus propias prohibiciones o restricciones.
El resultado no obligó a los hombres a justificar ante legisladores qué tratamientos podían recibir para su aparato reproductivo.
Millones de mujeres, en cambio, pasaron a depender del código postal para decidir sobre un embarazo.
Ahí funcionaba el sarcasmo de Midler.
Si un argumento religioso o moral puede transformarse en ley para intervenir en la autonomía reproductiva femenina, ¿por qué determinados tratamientos masculinos permanecen completamente dentro de la esfera privada?
La reacción de la actriz se viralizó con cientos de miles de interacciones y formó parte de una ola mucho mayor de protestas contra Dobbs.
No era un debate farmacológico.
Era una forma bastante cruda de señalar una diferencia:
sobre algunos cuerpos, la política considera normal legislar hasta el último detalle.
Sobre otros, la intimidad sigue intacta.





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