El escándalo que rodea a Manuel Adorni, jefe de Gabinete de Javier Milei, golpea en un lugar especialmente sensible: la contradicción entre el discurso de la austeridad y las prácticas del poder.
Durante años, el mileísmo construyó una narrativa feroz contra los empleados públicos. Los llamó “ñoquis”, los presentó como culpables del déficit y justificó recortes masivos en nombre de la eficiencia. Pero ahora la Justicia investiga si una empleada de la Vocería Presidencial fue usada para facturar una compra de 8.183.303 pesos en ropa de cama y blanquería que tendría como destinatario final al propio Adorni. La factura apareció en el celular de Matías Tabar, contratista que remodeló una casa del funcionario, según informó Infobae.
La causa no se limita a unas sábanas caras. Adorni ya venía bajo investigación por presunto enriquecimiento ilícito, evasión fiscal e inconsistencias patrimoniales. El País publicó que el funcionario rectificó declaraciones juradas y terminó haciendo aflorar medio millón de dólares, en medio de sospechas por gastos y bienes difíciles de explicar con sus ingresos oficiales.
La ironía es evidente. El gobierno que prometía limpiar el Estado parece necesitar, cuando le conviene, los mismos engranajes administrativos que desprecia en público. La empleada estatal, convertida tantas veces en símbolo de gasto inútil, aparece ahora en el centro de una investigación por una factura que no debería cargar sobre sus hombros.
No se trata de defender privilegios burocráticos. Se trata de señalar una hipocresía política: cuando el ajuste cae sobre trabajadores, jubilados, discapacidad, universidades o comedores, se lo llama sacrificio. Cuando el poder no puede explicar sus gastos, aparecen terceros, facturas cruzadas y silencios.
La motosierra siempre prometió cortar “casta”. Pero la casta, cuando gobierna, suele encontrar la forma de rodear el filo.
El problema no son los empleados públicos que sostienen hospitales, escuelas y oficinas. El problema aparece cuando quienes los demonizan usan el Estado como escudo para ordenar su propia casa.