Entre enero y agosto de 2026 murieron 498 personas por accidente laboral, nueve más que en el mismo periodo de 2025 (un 1,8 % más), según datos del Ministerio de Trabajo. De ellas, 405 fallecieron en jornada de trabajo y 93 en desplazamientos al trabajo.
Pero el total esconde un reparto muy desigual. Los autónomos sumaron 55 muertes, veinte más que el año anterior, un 57,1 % más, mientras que entre los asalariados hubo 443, once menos. Dicho de otra forma: sin los autónomos, la siniestralidad mortal habría bajado. Representan en torno al 11 % de los fallecidos.
Por sectores, los servicios acumulan más muertes en jornada, 182. Les sigue la construcción, con 120 (nueve más), la industria, con 60 (once menos), y el sector agrario, con 43 (ocho más). Entre los autónomos, la construcción y los servicios suman 19 muertes cada uno, tres y once más que hace un año respectivamente.
La causa principal son las llamadas causas naturales, como infartos y derrames cerebrales, con 170 muertes en jornada. Después vienen los golpes (67), los atrapamientos o aplastamientos (64, diez más) y los accidentes de tráfico (54). Murieron 387 hombres y 18 mujeres.
Hay límites que conviene señalar. Los datos no detallan edades, tipos de contrato ni comunidades autónomas, y la nota original no recoge la valoración de los sindicatos. Que la primera causa sean infartos y derrames invita a preguntarse por jornadas, ritmos y condiciones, aunque la estadística no lo explique.
Detrás de las cifras hay episodios concretos. El 5 de agosto, una explosión junto a un tanque de combustible en Telde (Gran Canaria) acabó con la vida de un trabajador.
Los autónomos suelen trabajar sin comité de seguridad ni delegado de prevención al lado, y a menudo con menos margen para rechazar un encargo peligroso. Cada una de estas cifras es una persona que salió a trabajar y no volvió. La prevención no puede depender de la suerte de cada uno, y menos de quien no tiene a nadie que la exija por él.





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