Yassine tenía 15 años cuando recibió un trasplante multivisceral que le salvó la vida. Hoy, con 21, vive con esos mismos órganos —estómago, intestino, páncreas, riñón e hígado— sin necesitar la medicación inmunosupresora que hasta ahora era obligatoria de por vida para cualquier trasplantado. Nora, de 55 años, recibió un riñón de su hermano en 2021 y hoy lo conserva en las mismas condiciones. Ambos son los primeros pacientes del mundo en beneficiarse de una técnica desarrollada en el Hospital Universitario La Paz de Madrid que consigue que el sistema inmunológico deje de atacar el órgano trasplantado.
El equipo, liderado por el oncólogo Antonio Pérez Martínez y el cirujano Francisco Hernández-Oliveros, extrae del mismo donante no solo el órgano, sino también células de su médula ósea. En el laboratorio, filtran esa médula para eliminar los linfocitos T que provocarían el rechazo, y conservan las células madre y de memoria. Meses después del trasplante, infunden ese material en el receptor. El resultado es lo que los propios médicos llaman un «pasaporte inmunológico»: el cuerpo aprende a reconocer el órgano ajeno como propio.
La técnica, desarrollada dentro del proyecto OneTrasplant4Life y respaldada por la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), se ha probado hasta ahora en solo dos pacientes. Los resultados, publicados el 21 de septiembre en la revista Communications Medicine, son prometedores pero todavía preliminares: hace falta ampliar el ensayo a más personas y más tipos de órganos antes de que este abordaje pueda convertirse en tratamiento estándar.
Lo que está en juego no es solo una cuestión técnica. La inmunosupresión de por vida —el tratamiento estándar tras cualquier trasplante— tiene un coste físico y económico enorme: expone a los pacientes a infecciones, cánceres y fallos renales, y supone un gasto sanitario sostenido durante décadas. Un trasplante sin necesidad de esa medicación aliviaría tanto el sufrimiento individual como la presión sobre un sistema público como el español, que ya lidera el mundo en donación y trasplante de órganos.
Que este avance haya nacido en la sanidad pública española, financiado con fondos públicos y coordinado por la ONT, es también una reivindicación: la investigación biomédica de vanguardia no necesita depender de la industria privada para cambiar vidas. Yassine y Nora son la prueba de que un sistema de salud universal y bien financiado puede situarse en la frontera de la ciencia mundial.





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