La contundente victoria de Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt, donde obtuvo cerca del 44% de los votos, ha encendido las alarmas dentro y fuera del país. Se trata del mejor resultado de la formación ultraderechista desde su creación y del primer triunfo de estas características en un estado alemán desde la Segunda Guerra Mundial.
Aunque AfD no ha alcanzado la mayoría absoluta para gobernar en solitario, su avance supone un duro golpe para los partidos tradicionales y abre un escenario político inédito. La formación defiende un programa marcado por el nacionalismo, el endurecimiento de las políticas de inmigración, el euroescepticismo, el rechazo a parte de las políticas climáticas y una postura favorable al acercamiento con Rusia, lo que preocupa a numerosos socios europeos.
La reacción internacional no se ha hecho esperar. Francia calificó el resultado como un «momento grave para Europa», mientras otros dirigentes comunitarios advirtieron del riesgo que supone el crecimiento de fuerzas políticas que cuestionan algunos de los pilares de la Unión Europea.
El ascenso de AfD no es un fenómeno aislado. En los últimos años, partidos de ultraderecha han reforzado su presencia en países como Italia, Países Bajos, Suecia, Finlandia, Hungría o Eslovaquia, configurando un mapa político europeo cada vez más fragmentado.
Analistas consideran que este crecimiento responde al descontento por la inmigración, el aumento del coste de la vida, la inseguridad y la desconfianza hacia las élites políticas. Sin embargo, también advierten de que un mayor peso de estas formaciones podría dificultar la unidad europea frente a desafíos como la guerra de Ucrania, la transición ecológica o la defensa de los derechos fundamentales.





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