Javier Milei acudió el 27 de agosto al Colegio ORT de Buenos Aires para hablar ante estudiantes de cuarto y quinto año de secundaria.
No fue únicamente una visita institucional.
El presidente utilizó buena parte de sus 40 minutos para presentar su visión política y leer el epílogo de su próximo libro, La moral como política de Estado. La propia Casa Rosada publicó íntegramente el discurso.
Milei explicó a menores que los valores judeocristianos son determinantes para las políticas de su Gobierno, presentó el capitalismo como ligado al orden moral divino y sostuvo que sus adversarios políticos carecen de “estatura moral”.
Después afirmó ante los alumnos que Marx era satanista y contrapuso su programa político mediante una división moral entre bien y mal: elegir un camino conduciría a prosperidad y el otro al hundimiento.
Hubo todavía otra escena.
Mientras leía un pasaje sobre propiedad privada, atacó a periodistas presentes en su discurso. Algunos estudiantes comenzaron a abuchearlos. Milei los animó a hacerlo más fuerte y celebró la reacción.
Todo esto sería simplemente otra intervención política si no existiera un contexto.
El movimiento libertario argentino lleva años acusando a docentes, universidades y gobiernos anteriores de adoctrinamiento dentro del aula. La propia cobertura conservadora argentina ha señalado ahora la contradicción.
Un presidente puede defender sus ideas ante jóvenes.
También puede explicar el liberalismo, criticar al marxismo o presentar un libro.
El problema de la palabra “adoctrinar” aparece cuando parece significar algo diferente dependiendo de quién tenga delante el micrófono.





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