La artista japonesa Yayoi Kusama ha muerto a los 97 años, dejando tras de sí una de las obras más reconocibles del arte contemporáneo: instalaciones infinitas de lunares, calabazas gigantes y espejos que multiplicaban hasta el infinito una mirada absolutamente propia sobre el mundo.
Kusama construyó su lenguaje artístico desde un lugar poco convencional: sus experiencias personales con alucinaciones desde la infancia se convirtieron, con el tiempo, en el motor creativo de una obra que ella misma describía como una forma de procesar y sobrevivir a su propia percepción de la realidad.
Rompió moldes en un mundo del arte dominado por hombres, se instaló en Nueva York en los años sesenta y compartió escena con figuras como Andy Warhol, sin dejar nunca que su condición de mujer japonesa en un entorno artístico occidental y masculino limitara la ambición de su obra.
Sus instalaciones de «habitaciones infinitas» se convirtieron en fenómeno global, pero detrás del éxito comercial y de las colas de museos enteros esperando para fotografiarse con sus lunares, siempre hubo una artista que nunca escondió que su obra nacía de un lugar de vulnerabilidad real, no de un concepto estético vacío.
Kusama demostró que se puede convertir la fragilidad en lenguaje universal sin pedir perdón por ello. Se va una de las últimas grandes voces del arte del siglo XX, dejando un legado que seguirá multiplicándose, como sus propios espejos, mucho después de su despedida.





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