A miles de kilómetros de distancia, Japón y Galicia comparten hoy un mismo problema: sus criaderos de ostras y mejillones están perdiendo toneladas de producción por culpa del calentamiento del agua. Lo que antes era una anomalía puntual se ha convertido en un patrón que preocupa a científicos de ambos lados del planeta.
En aguas japonesas, el aumento sostenido de la temperatura marina ha alterado los ciclos reproductivos de los moluscos y disparado la mortalidad en los criaderos, con pérdidas que ya se cuentan en toneladas y que amenazan una industria pesquera tradicional y muy localizada.
En las rías gallegas, el mejillón —producto identitario de toda una economía costera— empieza a mostrar síntomas parecidos: episodios de estrés térmico, mayor mortalidad larvaria y una fragilidad creciente frente a fenómenos que hasta hace poco eran excepcionales y hoy empiezan a repetirse cada verano.
Lo que conecta ambos casos, según los investigadores, no es la casualidad sino la física: el calentamiento oceánico no distingue fronteras, y los organismos filtradores como ostras y mejillones —extraordinariamente sensibles a la temperatura del agua— actúan como un termómetro biológico de lo que le está ocurriendo al mar.
Detrás de cada tonelada perdida hay familias que viven de la marisquería y la acuicultura, comunidades enteras cuya economía depende de un equilibrio que el cambio climático está rompiendo silenciosamente. Japón y Galicia, tan lejos geográficamente, se han convertido en el mismo aviso: cuando el mar cambia, quien vive de él es el primero en pagarlo.





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