Finlandia consiguió durante décadas algo excepcional en Europa: reducir de forma continuada el número de personas sin hogar. Una de las claves fue cambiar una pregunta.
En lugar de exigir a una persona que resolviera primero sus adicciones, problemas de salud mental, empleo o situación económica para “merecer” una vivienda, comenzó a ofrecerle una casa primero.
El modelo se conoce como Housing First o “Vivienda Primero”. La vivienda es permanente y normal, generalmente de alquiler, mientras trabajadores sociales y sanitarios ofrecen después el apoyo que cada persona necesita. La asistencia acompaña a la vivienda; no es una condición para conservarla.
Los resultados fueron importantes. Según la OCDE, Finlandia pasó de más de 18.000 personas sin hogar en 1987 a menos de 3.500 en 2023: una reducción cercana al 80% del sinhogarismo. Entre 2008 y 2023, el sinhogarismo de larga duración cayó más de un 70%.
La idea puede parecer sencilla, pero altera el enfoque tradicional.
La vivienda crea estabilidad desde la que después resulta más viable tratar una enfermedad, encontrar empleo, ordenar deudas o reconstruir relaciones.
Sin embargo, Finlandia todavía no ha “acabado” con el sinhogarismo. Y recientemente la tendencia se ha invertido.
En 2025 se contabilizaron 4.579 personas solas sin hogar, un 20% más que el año anterior. La fundación Y-Säätiö vincula el deterioro a recortes en ayudas sociales y vivienda, al aumento del coste de vida y a la escasez de alquiler asequible.
Esto convierte el caso finlandés en una lección doble.
Vivienda Primero sí funciona, pero necesita viviendas asequibles, financiación y servicios públicos suficientes para sostenerla.