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Tomás pesa cerca de 180 kilos, luce una cornamenta imponente y lleva tres veranos apareciendo entre los manzanos, cerezos y perales de Linarejos, una pequeña localidad de la Sierra de la Culebra, en Zamora. No figura en el padrón, pero el pueblo lo considera un vecino más.
El ciervo llegó herido en 2024. La cercanía de las casas le permitió mantenerse lejos de los lobos mientras se recuperaba. Con el tiempo perdió buena parte del miedo a las personas y su presencia comenzó a atraer visitantes. Algunos querían acariciarlo, alimentarlo, tocar su cornamenta o hacerse selfis junto a él.
La situación empezó a resultar peligrosa. A mediados de julio, agentes medioambientales lo sedaron y trasladaron al monte público de El Casal, situado a unos 50 kilómetros. El pueblo aceptó la decisión para proteger tanto al animal como a los visitantes. Pero seis días después Tomás había recorrido de nuevo la sierra y regresado a Linarejos.
Su viaje parece una historia sobre el apego y la memoria animal. Sin embargo, convertirlo en una mascota colectiva sería el peor homenaje. Tomás sigue siendo un animal salvaje. Puede reaccionar de forma imprevisible, especialmente durante la berrea, y una conducta irresponsable podría provocar un accidente que terminara con su captura o sacrificio.
Por eso los habitantes han colocado carteles pidiendo que nadie se acerque, le dé comida o intente tocarlo. Quieren convivir con él, no poseerlo. Una vecina lo resumió con una idea sencilla: respetarse mutuamente y fotografiarlo siempre desde lejos.
Tomás recorrió 50 kilómetros para regresar al lugar que reconoce como seguro. Ahora corresponde a quienes visitan Linarejos demostrar que la admiración no necesita contacto.
A veces, querer a un animal significa dejarlo en paz.