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Hay una victoria silenciosa del poder que no necesita policías ni decretos: conseguir que quienes pierden con un sistema acaben defendiendo las reglas que los aplastan.
Es el trabajador precario que repite que los impuestos son un robo, aunque necesita la sanidad pública. Es el inquilino asfixiado que culpa al okupa antes que al fondo buitre. Es quien no llega a fin de mes, pero se enfada más por una ayuda social de 480 euros que por un directivo cobrando bonus millonarios. Es quien vive como vencido, pero piensa como vencedor.
A eso podríamos llamarlo autopercibirse millonario. No porque tenga dinero, sino porque defiende los intereses de quienes sí lo tienen. Como si el problema no fuera la desigualdad, sino no haber llegado todavía al lado de los ganadores.
La lógica del vencedor se basa en una promesa sencilla: si obedeces, trabaj se basa en una promas más, no protestas y culpas al de abajo, algún día estarás arriba. Mientras tanto, te pide que renuncies a derechos, servicios públicos, sindicatos, impuestos justos y cualquier herramienta colectiva que podría protegerte.
El truco es perfecto: convierte la rabia social en pelea entre pobres. El parado contra el migrante. El autónomo contra el funcionario. El trabajador con contrato contra el que cobra una ayuda. El vecino contra el vecino. Y arriba, quienes concentran riqueza, vivienda y poder miran la escena con tranquilidad.
No se trata de odiar a quien quiere prosperar. Aspirar a vivir mejor es legítimo. El problema empieza cuando para imaginar tu ascenso necesitas defender un sistema que deja a la mayoría abajo.
La dignidad de los vencidos no está en imitar al vencedor. Está en entender que nadie se salva solo cuando las reglas están escritas contra la mayoría.
Porque el verdadero éxito del poder no es tener mucho dinero. Es lograr que quien no lo tiene piense como si fuera suyo.