Un video viral mostró a un repartidor de Rappi defendiendo que se siente “libre” trabajando hasta 16 horas al día. La escena se compartió como meme político porque condensa una contradicción brutal: llamar libertad a una jornada que ocupa casi toda la vida. No hace falta atacar al trabajador. Al contrario: hay que mirar qué sistema necesita convencerlo de que agotarse es emanciparse.
El problema no es una persona que intenta llegar a fin de mes. El problema es una ideología que convierte la precariedad en orgullo individual. Si trabajas 16 horas, no eres más libre: tienes menos tiempo para descansar, cuidar, estudiar, enfermarte, amar o simplemente vivir. La libertad no puede medirse solo por no tener jefe visible cuando te manda un algoritmo invisible.
Los datos acompañan esa intuición. La Fundación Encuentro creó el índice APP, que relaciona lo que cobra un repartidor por pedido con la canasta básica de un hogar tipo. Según ese indicador, un trabajador de plataformas en Argentina necesitó 461 pedidos promedio para cubrir una canasta básica total de cuatro integrantes; Página/12 detalló además cálculos como 126 pedidos para alcanzar un salario mínimo y 190 para criar un hijo.
Infobae y otros medios recogieron el mismo dato: 461 pedidos al mes para cubrir la canasta básica total. Si se traduce a vida cotidiana, son jornadas extensas, exposición al clima, inseguridad vial, desgaste físico y costos que muchas veces asume el propio trabajador. Chequeado también señaló que más de un millón de personas trabajan como repartidores o conductores de aplicaciones en Argentina, ante la falta de datos oficiales completos.
El relato libertario vende esto como autonomía. Pero autonomía sin derechos, sin salario garantizado, sin vacaciones, sin protección real ante accidentes y sin tiempo libre se parece demasiado a explotación maquillada de elección personal.
Ser libre no es poder trabajar dieciséis horas. Ser libre es no tener que hacerlo para sobrevivir.