Hay un tipo de patriota que ama la guerra siempre que la sangre la pongan otros. Donald Trump es un ejemplo perfecto: durante la Guerra de Vietnam recibió cinco aplazamientos del servicio militar, cuatro por estudios y uno médico. En 1968, en pleno conflicto, obtuvo una exención por “espolones óseos” en los talones, diagnóstico que le permitió no ir al frente.
La historia se volvió todavía más incómoda cuando las hijas del podólogo Larry Braunstein contaron, según publicó The New York Times y recogieron CNN y otros medios, que su padre habría firmado aquel diagnóstico como un favor a Fred Trump, propietario del edificio donde el médico tenía consulta. No aportaron documentos médicos, pero sí dijeron que en la familia siempre se contó como un favor al padre del futuro presidente.
Trump tampoco ayudó a despejar dudas. Cuando fue preguntado por qué pie tenía afectado, no supo precisarlo y respondió que habría que “buscarlo”; después, su campaña dijo que el aplazamiento médico era por espolones en ambos talones. Es decir: el hombre que presume de dureza no recordaba ni el talón que lo libró de la guerra.
En España, Santiago Abascal también carga con una contradicción parecida. El líder de Vox no hizo la mili pese a haber nacido en 1976, cuando el servicio militar obligatorio seguía vigente, y distintos medios han documentado que pidió hasta tres prórrogas para evitar incorporarse. La tercera llegó cuando tenía 23 años y ya era concejal del PP en Llodio.
El patrón es conocido: los que hablan de patria, sacrificio y orden rara vez ponen su cuerpo donde ponen sus discursos. Piden mano dura, presupuestos militares, banderas gigantes y obediencia, pero cuando toca pagar el precio real, aparecen certificados, prórrogas, contactos familiares o cargos públicos.
Sus hijos difícilmente serán los primeros en la fila de las guerras que esos líderes agitan. Las guerras las pelean jóvenes de barrios, familias trabajadoras, migrantes con promesas de papeles, gente endeudada o sin alternativa. Luego, desde despachos y fortunas, los mismos que esquivaron el frente hablan de mérito, valentía y nación. Eso no es patriotismo. Es clasismo con uniforme.