RTVE
Se cumplen diez años del caso de “La Manada”, un episodio que marcó un antes y un después en la forma en que España entiende y combate la violencia sexual. La agresión múltiple a una joven de 18 años durante los Sanfermines no solo conmocionó al país, sino que desató una movilización feminista histórica que llenó las calles bajo lemas como “hermana yo sí te creo” y “solo sí es sí”.
La respuesta social evidenció el profundo rechazo a una justicia patriarcal que, en sus primeras resoluciones, cuestionó a la víctima y puso el foco en su comportamiento. Aquella indignación colectiva impulsó un cambio en el debate público y político, situando el consentimiento en el centro y denunciando una cultura de la violación arraigada en la sociedad.
Fruto de esa presión social, se aprobó la Ley de garantía integral de la libertad sexual, que introdujo el principio de que solo un sí explícito constituye consentimiento. La norma también reforzó los derechos de las víctimas, ampliando recursos como la atención integral 24 horas y la asistencia jurídica gratuita.
Sin embargo, una década después, las cifras reflejan una realidad preocupante. Las denuncias por delitos contra la libertad sexual superan las 21.000 al año, con una media de casi 50 casos diarios y más de 14 violaciones al día. Estos datos evidencian que la violencia sexual sigue siendo un problema estructural.
El miedo cotidiano —evitar volver sola a casa, modificar rutas o hábitos— continúa formando parte de la vida de muchas mujeres. El cuerpo femenino sigue siendo un espacio atravesado por relaciones de poder, control y desigualdad.
En paralelo, el avance de discursos políticos que cuestionan las políticas de igualdad y promueven marcos como la violencia intrafamiliar reabre el debate sobre los derechos de las mujeres. También resurgen propuestas que buscan limitar el derecho al aborto o reforzar modelos tradicionales de familia.
A pesar de este contexto, el movimiento feminista mantiene su capacidad de respuesta. Como ocurrió hace diez años, la movilización social sigue siendo una herramienta clave para defender derechos y frenar retrocesos. El legado de “La Manada” permanece: una sociedad más consciente, más crítica y dispuesta a seguir luchando por una igualdad real.
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