Reuters
París vive días de temperaturas extremas que están golpeando con especial dureza a las personas migrantes sin hogar, obligadas a sobrevivir en la calle sin protección frente al calor. En la capital francesa, cerca de 5.000 personas duermen al raso, muchas de ellas instaladas en campamentos improvisados como el del bulevar de la Chapelle, donde el asfalto y las estructuras metálicas intensifican aún más la sensación térmica.
Bajo las vías elevadas del metro, cientos de personas conviven en tiendas precarias donde el calor se vuelve insoportable. Refugiados como Shezad, que lleva años encadenando situaciones de vivienda inestable, describen el día a día como un auténtico infierno, donde no hay sombra suficiente ni posibilidad real de refrescarse. Las altas temperaturas no solo afectan físicamente, sino que agravan problemas de salud mental en personas que ya arrastran experiencias traumáticas.
Durante la última ola de calor, los termómetros alcanzaron los 41 grados, una situación que organizaciones como Médicos del Mundo califican de riesgo sanitario grave. La falta de acceso constante a agua, sombra o atención médica multiplica los casos de deshidratación, afecciones cutáneas y crisis psicológicas. A pesar de algunos recursos habilitados, como duchas públicas o puntos de agua, estos resultan claramente insuficientes.
El problema estructural sigue siendo la falta de alojamiento de emergencia. Asociaciones como Utopia 56 denuncian que el Estado no está garantizando un derecho básico, incluso en condiciones extremas. Durante los días más duros, apenas se habilitaron unas pocas centenas de plazas adicionales, muy lejos de cubrir la necesidad real.
Mientras tanto, son las ONG las que asumen gran parte de la respuesta, proporcionando refugio temporal a mujeres, menores y familias enteras. En paralelo, crece la presión social con movilizaciones que reclaman soluciones urgentes y denuncian una situación que ya ha dejado muertes vinculadas al calor.
La crisis evidencia una realidad alarmante: en una de las ciudades más ricas de Europa, miles de personas siguen enfrentándose a condiciones inhumanas, donde el calor extremo se convierte en una amenaza directa para la vida.
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