Zonamovil
Ser mujer en el mundo del gaming en América Latina sigue implicando enfrentarse a acoso, violencia y discriminación constantes. Lo que muchas veces se etiqueta como simple “toxicidad” en realidad es una forma de violencia estructural que empuja a muchas jugadoras a ocultar su identidad o incluso a abandonar los videojuegos.
Historias como la de Nathalie reflejan cómo el riesgo puede trascender la pantalla. Lo que empezó como una conexión dentro de un videojuego terminó en una situación de vigilancia y espionaje digital que afectó su vida personal y su salud emocional. Casos extremos, como el feminicidio de la jugadora brasileña Ingrid “Sol” Oliveira, evidencian hasta dónde puede escalar esta violencia.
A pesar de que las mujeres representan cerca del 50% de la comunidad gamer, no reciben el mismo trato. Comentarios como “vamos a perder porque hay una mujer” o insultos como “vete a la cocina” siguen siendo habituales en partidas online. Incluso cuando destacan por su habilidad, muchas son acusadas de hacer trampa, reflejando prejuicios profundamente arraigados.
El problema no se limita a insultos. Muchas jugadoras sufren acoso persistente, amenazas e incluso persecución fuera de las plataformas, lo que genera una sensación constante de vulnerabilidad. Algunas, como Andrea o Danae, han tenido que dejar de jugar temporalmente o cambiar su forma de participar para protegerse.
De hecho, estudios recientes muestran que más del 70% de las mujeres ha presenciado o sufrido comportamientos machistas en espacios de videojuegos, y muchas optan por estrategias como usar nombres neutros, evitar el chat de voz o jugar solo con personas de confianza. Sin embargo, esto traslada la responsabilidad a las propias víctimas, obligándolas a adaptarse en lugar de transformar el entorno.