Vox ha expulsado definitivamente a Iván Espinosa de los Monteros, uno de sus fundadores, antiguo secretario general y exportavoz parlamentario. Él mismo lo anunció en un vídeo publicado en X, con una despedida amarga: “Adiós… y gracias”. Dijo que no le sorprendía, pero que le daba “pena”.
La ruptura no llegó de la nada. En marzo, Vox le abrió un expediente disciplinario después de que Espinosa firmara un manifiesto crítico con la dirección de Santiago Abascal y pidiera un congreso extraordinario del partido. Tres meses después, el expediente terminó en expulsión.
La noticia tiene una carga simbólica enorme. Espinosa no era un militante cualquiera. Tenía el carné número cinco, participó en los primeros años de la formación y fue una de sus caras más reconocibles en el Congreso. Que Vox termine expulsando a alguien así dice mucho de su modelo interno.
La ultraderecha habla constantemente de libertad. Pero, hacia dentro, la libertad parece tener límites muy estrechos: se puede opinar mientras no se cuestione al jefe. Se puede defender España, pero no discutir la estrategia. Se puede pedir democracia para el país, pero no demasiada democracia dentro del partido.
La expulsión de Espinosa se suma a una lista de salidas y choques con figuras que también fueron importantes en Vox, como Javier Ortega Smith, Macarena Olona, Rocío Monasterio, José Ángel Antelo o Juan García-Gallardo. El patrón es claro: quien acumula voz propia termina fuera o arrinconado.
No se trata de presentar a Espinosa como víctima progresista. Sus ideas siguen estando lejos de una agenda de derechos humanos, igualdad y justicia social. Pero precisamente por eso el caso es interesante: incluso dentro del campo ultra, el liderazgo fuerte acaba necesitando silencio alrededor.
Vox presume de combatir “chiringuitos”, élites y políticas opacas. Pero su propia casa parece funcionar con una lógica de purga.