Ok Diario
La pregunta puede sonar dura, pero apunta a una contradicción real. Muchas personas que votan a Vox dependen cada día de la sanidad pública, la educación pública, la dependencia, las becas, las pensiones o los servicios sociales. No hay nada malo en usarlos. Al contrario: son derechos.
El problema aparece cuando se apoya una agenda que debilita la base que los sostiene.
El Sistema Nacional de Salud existe para garantizar el derecho a la protección de la salud mediante prestaciones que son responsabilidad de los poderes públicos. El Ministerio de Sanidad recuerda que integra servicios de la Administración del Estado y de las comunidades autónomas para cumplir ese derecho.
La sanidad pública no cae del cielo. Se financia con impuestos, planificación y personal. Por eso no se puede exigir menos listas de espera, más médicos, mejores centros de salud y, al mismo tiempo, comprar sin matices el discurso de “bajar impuestos” como solución mágica.
Vox ha defendido reducir gasto público y rebajar impuestos. En su programa económico calculaba una reducción del gasto de la Administración Pública de 24.236 millones de euros anuales para bajar impuestos y generar superávit.
También ha propuesto fórmulas de libre elección entre sanidad pública o privada, tomando como referencia sistemas de mutualismo de funcionarios. Eso abre un debate sobre doble circuito sanitario: quien puede elegir mejor cobertura y quien queda en una pública más tensionada.
Además, Vox impulsa ideas como la “prioridad nacional” en ayudas sociales y vivienda, una fórmula que ha generado choques incluso con socios del PP por su posible encaje legal.
No se trata de burlarse de nadie. Se trata de mirar la incoherencia política. La sanidad pública funciona porque una sociedad decide cuidarse junta. Porque quien hoy paga quizá mañana enferma. Porque quien hoy está sano algún día necesitará una ambulancia, una operación o una residencia.
El Estado del bienestar no es una trampa comunista. Es lo que permite que la enfermedad no arruine una vida.
Defender lo público no es ideología abstracta. Es saber que, cuando llega el dolor, nadie pregunta a quién votó el paciente antes de atenderlo.