Pier Paolo Cito
Decir que las abejas son “el animal más importante del planeta” puede sonar exagerado. Pero no va tan lejos: cerca del 75% de los cultivos alimentarios y casi el 90% de las plantas silvestres con flor dependen, al menos en parte, de la polinización animal. Sin abejas y otros polinizadores, la comida, los bosques y la biodiversidad serían mucho más pobres.
Por eso el reconocimiento legal de las abejas sin aguijón de la Amazonía peruana marca un precedente histórico. Los municipios de Satipo y Nauta las declararon sujetos de derecho: tienen derecho a existir, prosperar, mantener poblaciones sanas, vivir en hábitats libres de contaminación y ser representadas legalmente ante amenazas o daños.
No es una anécdota simpática. Es un cambio de paradigma. Durante demasiado tiempo, la naturaleza fue tratada como almacén de recursos. Algo que se explota, se mide, se vende o se arrasa. Reconocer derechos a una especie pequeña, casi invisible para la mayoría, obliga a pensar de otra manera.
Las abejas sin aguijón son clave para la Amazonía. Polinizan plantas, sostienen cultivos como cacao, café o aguacate y forman parte del conocimiento cultural de pueblos indígenas que las cuidan desde hace generaciones. También están amenazadas por deforestación, pesticidas, cambio climático y competencia con otras especies.
La medida no salvará sola a la Amazonía. Pero abre una puerta jurídica y moral: si una empresa destruye un hábitat, si se contaminan colmenas, si se rompe un equilibrio ecológico, ya no hablamos solo de “daño ambiental”. Hablamos de derechos vulnerados.
Cuidar abejas no es romanticismo verde. Es defender comida, salud, biodiversidad y futuro.