Manuel Adorni. Foto: CEDOC
Manuel Adorni hizo escuela con una palabra seca: “Fin”. La usó durante años para celebrar recortes, despidos, quiebras y derrotas ajenas. Ahora, esa palabra vuelve hacia él.
La salida del jefe de Gabinete de Javier Milei quedó instalada como escenario casi inevitable en la Casa Rosada. Infobae publicó que Adorni presentaría su renuncia en Olivos y que Milei estaría dispuesto a aceptarla tras meses de desgaste por la causa que lo investiga por presunto enriquecimiento ilícito.
La paradoja es brutal. El funcionario que se burlaba de quienes perdían trabajo quedó acorralado por el tipo de crisis que el poder suele llamar “reorganización” cuando le ocurre a los suyos.
El caso venía escalando. El País informó que el escándalo ya dividía a los aliados de Milei, frustraba sesiones en el Senado y golpeaba al PRO y la UCR por la protección al funcionario. También recordó que Adorni admitió haber ocultado al fisco unos 500.000 dólares.
El mileísmo prometió terminar con la casta. Pero cada semana parece inventar una nueva forma de explicar por qué sus propios privilegios no entran en la motosierra.
Con los trabajadores estatales no hubo paciencia. Con jubilados, comedores, universidades o personas con discapacidad, tampoco. La palabra fue ajuste. El tono fue burla. El método fue exhibir crueldad como si fuera eficiencia.
Cuando el problema aparece en la cima, todo se vuelve más delicado: tiempos políticos, distintas versiones, reuniones privadas, reemplazos posibles, renuncias pactadas.
Adorni no es importante solo por su cargo. Es importante por lo que representó: una comunicación oficial que tradujo el dolor social en formato chiste de redes.